A través de la fina abertura, las hojas fractales de los helechos abren su propio paso, acercando las pequeñas semillas punteadas en sus flecos al ojo izquierdo que revolotea del lado de la vereda. Las pestañas saludan la composición verde que se presenta en una delgada línea horizontal, para tentar la pupila con los mismos roces de terciopelo que las enredaderas pueden imprimir sobre las flores del conjunto.
Los brazos desordenados de los potus, que escalan los troncos más gruesos, descansan sus puntas cerca de las expresiones florales más coloridas, proponiéndoles un tacto de pulpa y sangre alcalina. Se tocan apenas, y la pupila izquierda se agita al intuirles la caricia.
Algunas gotas, rocío o franca lluvia depositada, acumuladas como esferas en las hojas que se han hecho cuencos, esperan a que la luz las evapore, o a que algún filamento animal las libe junto con el polen volatizado que sobrevuela como brillantina fosforescente.
Más que ver.
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