Más que nada, la voz verde, que se ahuyenta día tras día, como si la desaparecieran desde adentro, en el jardín. Llaman a la puerta; un portón blanco rodeado de cemento desencajado. Sobresalen hojas alargadas, redondas, puntiagudas, con los efluvios de las raíces que les llegan hasta los extremos. Un muro descascarado que hace de frontera y una pequeña puerta blanca, con candado, que instaura las distancias. Sobre la calle, la vereda es de los paseantes urbanos, que van y vienen sin notar los fulgores verdes que se estiran por arriba. Una arboleda detrás de la puerta bloqueada.
El candado brilla sin óxido alguno, al igual que la cadena que lo sostiene. De mes a mes, su brillo aparece lustrado por la mañana. No hay mirilla, no hay ojo de cerradura, sólo un pequeño esbozo de grieta que, sin embargo, no deja ver demasiado más allá de sí mismo. Sin embargo, él decide apearse de su paseo e intentarlo. Es de mañana, muy temprano; los vecinos duermen, aunque la luz nebulosa ya destaca entre los árboles.
La pequeña abertura espontánea, las astillas de madera carcomida, los espacios liberados de estrecha dimensión. Llamar a la puerta con el ojo izquierdo depositado muy cerca, ya aproximándose, con el roce de las pestañas, que acarician la semicurva que van trazando. Un leve crujido de madera bamboleada como respuesta preliminar agita la niebla de la mañana. Una contestación certera, que llama a todos los fantasmas del bosque. Un crujido estático, petrificado por la voluntad de seguir escuchándolo, para siempre. El sonido de tronco llama desde adentro, apoyando sus cortezas cerca de la salida, posando sus estertores finitos en el dorso de la puerta. El ojo izquierdo se abre amplio en su respuesta, a través de la grieta.
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