Medianamente en los giros, como si hubiera que darse vuelta para volver a ver la cara. Por la noches algunos susurros entre las matas, floreciendo ascendentes como el revés de las raíces. Abajo, más abajo, el calor de la mezcla terrosa; brotes azules que explotan encerrados en el barro.
El primer grupo de palabras indistinguibles surge de los troncos agujereados. Son claras, pertenecen a una lengua conocida, pero no pueden identificarse. Las partículas de polvo van descendiendo sobre las cabezas cuando el bosque, por la tarde, comienza a hablar y a entorpecer el trayecto. Las ramas emiten brillos y se retuercen para decir con más estridencia los vocablos inaudibles. Palabras llenas de vocales, bocas abiertas en los árboles para articularlas con exactitud, aire fresco para recibirlas y difuminarlas, hojas verdes para contraerlas e intensificarlas, espejos de agua para hacerlas rebotar hasta que den con el claro del bosque.
Ahora, a callar.
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