Llegada la mañana, los fulgores del sol penetran el agua viscosa. Van iluminando las partículas que, en suspensión, marcan puntos brillantes en el líquido del estanque. Se hunden, y los destellos dorados comienzan a dilatar los gestos del ecosistema.
Las algas, elongadas y movedizas, son las primeras en caer bajo el influjo de la luz, que hace que sus torsiones se estilicen e intenten, por primera vez, emular la ondulación del medio.
Algunos peces anaranjados se acercan para dejarse rozar por las caricias verdes y aterciopeladas, mientras sus escamas refractan los reflejos y se convierten en espejos astillados. Escurridizos, sus cuerpos de cartílago se desarticulan bajo la luz y van a esconderse tras las piedras cuando, al fin, un dedo afilado de musgo llega a tocarlos. Los cardúmenes asumen el ritmo de la temperatura y se aletargan, lentificando sus giros para que el desliz del agua los conduzca a un sueño pesado, cerca ya del fondo.
En el lecho de arena, una pupila se abre de repente, vertical y serpentina. Las patas se mueven de a poco; la cola se estira, desenroscándose. Las fauces cuentan todos los dientes y los rayos llegan hasta el fondo de la garganta. Desde la boca enjaulada, la sonrisa aguda acompaña a los ojos amarillos, ya abiertos de par en par.
Las algas se retuercen sobre sí mismas y los peces oscurecen sus rebotes dorados. Él tiene que salir a respirar.
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