martes, 12 de mayo de 2009

Estanque

Llegada la mañana, los fulgores del sol penetran el agua viscosa. Van iluminando las partículas que, en suspensión, marcan puntos brillantes en el líquido del estanque. Se hunden, y los destellos dorados comienzan a dilatar los gestos del ecosistema.

Las algas, elongadas y movedizas, son las primeras en caer bajo el influjo de la luz, que hace que sus torsiones se estilicen e intenten, por primera vez, emular la ondulación del medio.

Algunos peces anaranjados se acercan para dejarse rozar por las caricias verdes y aterciopeladas, mientras sus escamas refractan los reflejos y se convierten en espejos astillados. Escurridizos, sus cuerpos de cartílago se desarticulan bajo la luz y van a esconderse tras las piedras cuando, al fin, un dedo afilado de musgo llega a tocarlos. Los cardúmenes asumen el ritmo de la temperatura y se aletargan, lentificando sus giros para que el desliz del agua los conduzca a un sueño pesado, cerca ya del fondo.

En el lecho de arena, una pupila se abre de repente, vertical y serpentina. Las patas se mueven de a poco; la cola se estira, desenroscándose. Las fauces cuentan todos los dientes y los rayos llegan hasta el fondo de la garganta. Desde la boca enjaulada, la sonrisa aguda acompaña a los ojos amarillos, ya abiertos de par en par.

Las algas se retuercen sobre sí mismas y los peces oscurecen sus rebotes dorados. Él tiene que salir a respirar.

No hay comentarios: