martes, 14 de octubre de 2008

The pieces you don’t need are mine

Moonlight in Vermont
Versión de Oscar Peterson

La vajilla desde atrás hace ruido de fiesta suave. Algunos se reúnen en la mesa redonda y comentan el color de los vestuarios más ridículos. En la barra, la mayoría se embebe hasta más no poder. Las mujeres estiran sus medias de seda con disimulo y cuidado, casi acariciándose. Algunos ojos pasan justo por ahí, a propósito, sin embargo.

Comparten la velada para no dormir; se ríen los unos de los otros, sonríen ante las ocurrencias de la nota cómica del momento. La vajilla sigue sonando tras bambalinas; por ahora nada se ha roto, todo sigue intacto. Charlan y brindan, con las copas en alto, por un negocio promisorio o un feliz cumpleaños. Algunas chicas empiezan a bostezar por el champagne y los esbozos de sonrisas comienzan a diluirse en sus caras. Tal vez ya sea hora de volver a casa. O tal vez nos podamos quedar un rato más, hasta que nos miremos en serio.

En la cocina, los últimos bocados entran en preparación: en bandejas plateadas, acomodados como lingotes brillantes. Cremosos, dulces, empalagosos; todos se acercan, sin embargo, a probar alguno que otro. A patinarse los paladares con la tersura rosada de las coberturas. Se acercan con las copas altas rebosantes de burbujas que ascienden por el vidrio delicado. Se chocan los ojos cuando se chocan los cristales. Algunas dan vuelta la cara, hacia sus amigas más íntimas. Otras se animan a mantener el contacto hasta que acabe la fiesta.

Un chasquido tapado por las conversaciones, por los buenos augurios, por los deseos cordiales. Los pedazos del platito de postre caen sobre la alfombra roja, que los amortigua. Rebotan unos centímetros y se elevan casi hasta el nacimiento de los talones, mirando la media trazada de bordados. Aterrizan, al fin, y se acomodan para siempre con sus puntas afiladas. Los aplausos se precipitan.

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