
Como un beso a punto de suceder, enmarcado por dos franjas de oro, un lujo suplementario. Un gesto que se nubla en el intento, a lo lejos, a lo largo, any way. Los ojos cerrados para no ver de más; el oro no llega a la oscuridad del contacto: ilumina sólo lo necesario. Los labios, los cuellos, las frentes, quizás, nada más, para qué más.
La flora se acerca con el oro, pero desde arriba, desde un paraíso realizado para la ocasión. Desde arriba también, ángeles y demonios bendicen la caricia por venir. Demonios viejos, oscuros, terrosos; ángeles tímidos, maquillados, nebulosos. Atrás de la niebla, debajo de la ambigua bendición, entre la flora dorada y efervescente, ocurre el beso. ¿El primero? ¿El último? Alguno de ambos, en todo caso.
Los torsos se pierden en los cuerpos, como si nunca se hubieran conocido, borroneados por la neblina. Los gestos dejan de existir y las voces se hacen a un lado para dejar pasar a las flores. Dos franjas de naturaleza dorada, la única garantía, sin embargo. Flotan desde arriba las dos posibilidades. El vestido de encajes, con frunces, con detalles de broderie, para decorar la nube número nueve.
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