Adán y Eva, de Albrecht Dürer

Mitigar la franja que separa las tablas con una hierba de manzano. O con un suelo igualmente apedreado, que distribuye con equivalencia las manchas de las rocas. Para sacar los fantasmas del fondo negro a desempolvarse, una fruta de colores y una fauna estirada. Dos tablas, sin embargo.
Ya dilatadas, las pupilas no se enfrentan, ni siquiera de reojo. Escaparse de soslayo con la fruta, como si detrás del arbusto los monstruos en las sombras pudieran diluirse en el aire, para siempre. Una brisa vaporosa entreteje los cabellos, que acarician las pieles de un lado a otro. El fondo negro discontinuo recorta dos siluetas sacadas del enjambre.
El bosque está perdido más atrás y el agua evaporada promete sequías. El rezongue de los búhos, por la noche, se aletarga entre las ramas y se deposita en las hojas más frescas, inaudible desde acá. Las hormigas hacen retumbar los pastos más pequeños en otra parte.
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