Abeto, de Albrecht Dürer

La oscuridad del bosque descansa en un par de ramas combinadas. El resoplar del viento se abre lugar entre las piñas, que rebotan entre sí y desprenden pequeñas espinas con sabia. La silueta de conífera se va formando de a poco, como si las semillas pudieran esperar todo el otoño. Inclinado hacia su fondo dulce, uno de los lados no llega a doblegarse sobre el fondo inexistente.
El tronco, un muñón inadvertido, demasiado lábil para la conífera que logra, sin embargo, sostener. Cortado lentamente, con serrucho de mano, antes de la llegada del invierno. El ámbar corre por la corteza dejando huellas vegetales acarameladas hasta la garganta. Talado fuera de temporada. Secado para el fuego.
Las criaturas surgen del siempre verde, habitantes de un pinar chiquito. El claro del bosque, detrás del abeto, se extiende entre las hojas que dejan pasar el color de la tarde. El unplugged del bosque. Las corrientes frías de aire siguen moviendo las ramas, que susurran emitiendo sus monstruos tímidos
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