

Un cuadro de costumbres de su colega Karl Moll muestra a un Gustav Klimt a gusto en el movimiento. Se levanta temprano y recorre a pie la distancia que separa la casa materna del bar amigo, en el que ingiere grandes nubes de crema batida que serán amortizadas a lo largo de la jornada. Luego de desayunar, atraviesa el parque en dirección a su estudio, donde ejercita sus brazos antes de ponerse a trabajar. A los copos de crema matutinos sólo agrega dulces y frutas en el recorrido del día, hasta la cena.
Klimt despliega sus dulces idas y venidas en su Baumgarten natal, un poblado cercano a Viena que lleva la estética moderna en su nombre de pila. La Compañía de Artistas, que Klimt formó con su hermano Ernst y Franz Motsch, conforma la piedra de toque para algunas de las obras decorativas más importantes de la época, como la que colorea los techos del Palacio Sturnany y la que se desliza a lo largo de la escalera principal del Museo de Historia del Arte de Viena. Tras la muerte de Ernst llegan diez años en los que el movimiento entra en eclipse: Klimt se aboca a los tres paneles de la Universidad de Viena, los mismos que serían, durante mayo de 1945, encerrados en las llamas de las tropas nazis. Filosofía, Medicina y Jurisprudencia, descansan hoy, cremados y evaporados, en el cielo vienés.
La agilidad retorna con la Secesión de Viena, grupo que Klimt integra en pos de la modernidad artística. Ahora la crema y la ondulación se miran a la cara: el dorado emblemático de El Beso se une al movimiento acuático que ya desde temprano recorría las telas de Aguas en movimiento, Pez dorado y Serpientes de agua. La misma ola es la que lleva a Klimt a través de un recorrido por los museos más importantes del continente, tras el cual concluye que, a la postre, sólo dos pintores cuentan para la historia: Velázquez y él mismo.
La serie de lienzos que tienen al agua como motivo muestra la combinación que el estriado cuadro de costumbres anunciaba: la crema del movimiento. El ritmo subacuático se va fundiendo con el ansia golosa del lujo dorado. En Serpientes de agua, los cuerpos flexibles, cartilaginosos, describen en el agua curvas de peces. Los cabellos de las ninfas flotan con purpurinas y estrellas de mar, impactados de dorado. En Pez dorado, la cabeza de pez anaranjada se ahoga entre las cabelleras que forman nieblas. Un fondo de océano, desde el centro del cuadro, burbujea brillos de profundidad marina. Aguas en movimiento, una obra más temprana, expone un ritmo acuoso más oscuro, todavía no tocado por el rayo dorado de la crema; allí, son los tonos más consistentemente fieles con el fondo del mar los que asumen el control. En las obras posteriores, el azul profundo se ilumina de brillantinas y ojos entreabiertos, de flores y estrellas, de pieles que reflejan el brillo. El bocado dulce del oro se toca ahora con la movilidad de los seres del agua.
El movimiento y el lujo dorado definen un acantilado en el núcleo de la obra de Klimt. Con una temática propia que, a la vez, queda unida por la técnica y por las preferencias cromáticas al resto de su obra, la serie acuática plantea una dupla independiente: la de la golosina y el ritmo. Enfrentada a la fijeza extraña de Judith I, de Hygieia o de El Beso, en donde el calidoscopio de colores permanece quieto, las obras acuáticas fusionan el movimiento del agua con las superficies tersas y con los destellos luminosos, entrando en sintonía con un día a día en el que el exceso matutino y el movimiento compensatorio se iluminan entre sí.
Los focos luminosos se encienden como estrellas para ambas zonas. La necesidad de movimiento busca su doble en el suplemento de la nube cremosa, mientras que las partículas de oro pretenden purgarse en el ritmo natatorio del agua. La golosina lujosa, el oro inescrupuloso y sin culpa, se hunde en el entorno mágico del movimiento acuático. Los cuerpos pululan de a poco, se mueven acariciando la arena suave del lecho marino, con ademanes semiadormecidos. Un sueño soporoso, inducido por las confituras doradas y la agilidad de las olas.
Klimt despliega sus dulces idas y venidas en su Baumgarten natal, un poblado cercano a Viena que lleva la estética moderna en su nombre de pila. La Compañía de Artistas, que Klimt formó con su hermano Ernst y Franz Motsch, conforma la piedra de toque para algunas de las obras decorativas más importantes de la época, como la que colorea los techos del Palacio Sturnany y la que se desliza a lo largo de la escalera principal del Museo de Historia del Arte de Viena. Tras la muerte de Ernst llegan diez años en los que el movimiento entra en eclipse: Klimt se aboca a los tres paneles de la Universidad de Viena, los mismos que serían, durante mayo de 1945, encerrados en las llamas de las tropas nazis. Filosofía, Medicina y Jurisprudencia, descansan hoy, cremados y evaporados, en el cielo vienés.
La agilidad retorna con la Secesión de Viena, grupo que Klimt integra en pos de la modernidad artística. Ahora la crema y la ondulación se miran a la cara: el dorado emblemático de El Beso se une al movimiento acuático que ya desde temprano recorría las telas de Aguas en movimiento, Pez dorado y Serpientes de agua. La misma ola es la que lleva a Klimt a través de un recorrido por los museos más importantes del continente, tras el cual concluye que, a la postre, sólo dos pintores cuentan para la historia: Velázquez y él mismo.
La serie de lienzos que tienen al agua como motivo muestra la combinación que el estriado cuadro de costumbres anunciaba: la crema del movimiento. El ritmo subacuático se va fundiendo con el ansia golosa del lujo dorado. En Serpientes de agua, los cuerpos flexibles, cartilaginosos, describen en el agua curvas de peces. Los cabellos de las ninfas flotan con purpurinas y estrellas de mar, impactados de dorado. En Pez dorado, la cabeza de pez anaranjada se ahoga entre las cabelleras que forman nieblas. Un fondo de océano, desde el centro del cuadro, burbujea brillos de profundidad marina. Aguas en movimiento, una obra más temprana, expone un ritmo acuoso más oscuro, todavía no tocado por el rayo dorado de la crema; allí, son los tonos más consistentemente fieles con el fondo del mar los que asumen el control. En las obras posteriores, el azul profundo se ilumina de brillantinas y ojos entreabiertos, de flores y estrellas, de pieles que reflejan el brillo. El bocado dulce del oro se toca ahora con la movilidad de los seres del agua.
El movimiento y el lujo dorado definen un acantilado en el núcleo de la obra de Klimt. Con una temática propia que, a la vez, queda unida por la técnica y por las preferencias cromáticas al resto de su obra, la serie acuática plantea una dupla independiente: la de la golosina y el ritmo. Enfrentada a la fijeza extraña de Judith I, de Hygieia o de El Beso, en donde el calidoscopio de colores permanece quieto, las obras acuáticas fusionan el movimiento del agua con las superficies tersas y con los destellos luminosos, entrando en sintonía con un día a día en el que el exceso matutino y el movimiento compensatorio se iluminan entre sí.
Los focos luminosos se encienden como estrellas para ambas zonas. La necesidad de movimiento busca su doble en el suplemento de la nube cremosa, mientras que las partículas de oro pretenden purgarse en el ritmo natatorio del agua. La golosina lujosa, el oro inescrupuloso y sin culpa, se hunde en el entorno mágico del movimiento acuático. Los cuerpos pululan de a poco, se mueven acariciando la arena suave del lecho marino, con ademanes semiadormecidos. Un sueño soporoso, inducido por las confituras doradas y la agilidad de las olas.
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