jueves, 16 de octubre de 2008

En la maleza



Tilacino: Thylacinus cynocephalus. El tilacino, también conocido como Tigre de Tasmania, formaba parte del subgrupo marsupialo de la clase de los mamíferos. De tamaño medio y pelaje corto y leonado, el tilacino se distinguía por sus llamativas rayas negras que cruzaban de lado a lado su cuarto trasero y su cola. Instintivamente carnívoro, el diminuto feto de sólo unos centímetros de largo se arrastraba hasta el marsupio de su madre tilacino, donde se aferraba a un pezón con el fin de alimentarse. Su mandíbula de reptil iba adquiriendo, así, destreza.
Mamífero marsupial carnívoro con una mordida similar a la de las serpientes (ver gráfico I), el tilacino fue declarado oficialmente extinto en 1986, al cumplirse cincuenta años desde su último avistaje certero, ocurrido en 1936. Los últimos ejemplares habitaron en la región de Kimberly, al norte de Australia. Las campañas de exterminio dirigidas hacia el tigre de Tasmania habían comenzado en 1830, cuando los colonos ingleses de la zona ofrecían una libra esterlina por cada cabeza de tilacino. Paradójicamente, fue el Zoológico de Londres el que, más tarde, desembolsaría una considerable suma para la compra de uno de los últimos ejemplares de tilacino, ya fallecido hace más de treinta años.
Algunos habitantes de la franja norte de Australia, sin embargo, alegan haber podido realizar avistajes de tilacinos auténticos. En Cooklown, un poblado de la región de Kimberly, el Sr. y la Sra. Chalteran, una pareja dedicada a la crianza y cura de crías de canguro, dicen haber avistado a dos ejemplares de tilacino merodeando la zona. Se trataría, según ellos, de un macho y una hembra en edad de procrear. Sin embargo, parece ser que los quizá únicos dos individuos restantes de esta especie no gustan de moverse juntos. Inclusive, el Sr. y la Sra. Chalteran han llegado a considerar la posibilidad de que estos dos ejemplares no hayan, todavía, copulado.
La maleza los cubre, acariciando sus líneas oscuras con verdes y amarillos. Las hojas los esconden; las ramas y los pastos secos del suelo no crujen lo suficiente como para anunciar las presencias de los marsupiales. Odian esperarse, odian cumplir con las citas que la naturaleza pacta por ellos. En cambio, saben perderse entre los eucaliptus y mirar como el sol atraviesa la sabia y se torna verdoso. Se tientan en los arroyos, donde el agua refleja el marsupio vacío de la hembra y la robustez del macho. Se miran uno al otro en los reflejos acuáticos. Pasan de largo; se evitan si se encuentran demasiado rápido. Los cuarenta y seis dientes de cada uno se aprontan a cazar porciones individuales. En diferentes alfombras de hierba ellos acicalan los hocicos. Siguen andando, y dejan que pasen algunas horas. Pero, en un instante certero, los juncos abrirán un hueco en sí mismos, a través de cual las mandíbulas de reptil se saludarán entre sí, felices de haberse encontrado en un azar poblado de koalas y de equidnas.

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