La pluma contra la muerte
¿Morir o escribir? Los amigos han entendido que no hay reconciliación posible en vida pues Hiperión se los ha mostrado, se los ha dicho en sus cartas. Y mueren. La muerte aparece aquí como momento reconciliador: “Es posible que nos volvamos a ver”, “Sin duda volveremos a encontrarnos”. Ahora, si esto es así, ¿por qué Hiperión no decide, como sus amados, morir? Sus muertes fueron elegidas, concertadas, arregladas puesto que en ellas hay depositado un resto de esperanza en la comunión total. Hiperión decide, en lugar de morir, escribir. Una salida un tanto distinta. En cierto sentido, puede leerse como una traición. “Muere”, le dice a su compañero de armas, y lo invita así a seguir con su plan de entregarse a la muerte, entregándolo él mismo. “¡Muere! (…) yo iría contigo si no hubiera una Diótima”. Pero la cuestión es que no la habrá y, sin embargo, Hiperión no seguirá los pasos de Alabanda. Su coqueteo con la muerte enferma mortalmente a su querida, quien se da a la muerte confiada de entender las melancólicas cartas moribundas de su lejano compañero. Y muere: “Volveremos a encontrarnos”. Pero Hiperión parece no haberse entendido tan bien como lo han hecho sus amigos, al matarse; parece no poder completar la unión de todo con todo en la instancia de la muerte.
Muerte no; una apuesta por la naturaleza y por la escritura. ¿Pero se trata de una apuesta positiva, afirmativa, esperanzada? Más que un retorno a la naturaleza, parece tratarse de una recaída en ella. Hiperión recae en lo natural cuando el resto ha confirmado su fracaso; tropieza con el mundo y cae sobre lo natural. Pero este tropezón sí es caída; este fracaso es definitivo: no hay fuerzas que se puedan reanimar, no hay nuevas acciones que emprender. La calma es absoluta y dura hasta la muerte retrasada del héroe incompleto: “También lo mío se acabó. Mi propia alma me disgusta, porque tengo que reprocharle la muerte de Diótima, y las ideas de mi juventud, que tuve por grandes, ya no me sirven. ¡Ellas fueron las que envenenaron a mi Diótima!”.
Un estado final de reposada unión con lo natural. ¿Pero de qué unión se trata? Lo que antes era un ideal se ha convertido en un premio consuelo. La unión de todo lo viviente, de todo lo humano y de todo lo natural, antes buscada con la espada y la palabra, se ha convertido en una dimensión en la cual recaer, en un fondo presente sobre el cual dejarse caer cuando todo el resto se ha revelado fallido. Hiperión busca en una falsa comunión con lo natural aquello que sus amigos prometen desde el otro lado de la tumba. Pero él decide no morir y llevar adelante la ficción que Alabanda denunciaba antes de arreglar su muerte: “Sé tan bien como tu – le dice su amigo/novio- que aún podría fingir una existencia, que podría, ahora que ha terminado el banquete de la vida, jugar todavía con las migajas, pero yo no puedo hacer eso; y tú tampoco.” En demasiada estima tenía Alabanda a su amigo, pues éste vivirá, ya pasados los festines de su vida, una ficción de comunión con la naturaleza. Ficción en muchos sentidos. Por un lado, se trata de una comunión que antes debía ser de alcance humano y que ahora se conforma con alcanzar a un pobre sujeto con muchos fracasos sobre sus hombros. Por otro lado, la naturaleza cumple, en el estado final de Hiperión, una función consolatoria: extiende una guirnalda de flores sobre las cadenas de la esclavitud. Quizá sea ir demasiado lejos afirmar que la naturaleza se convierte en una mera fachada aparente, en un bello espectáculo con el cual entretener al alma fracasada: “…permanecía solitario yo también por encima de la llanura, y derramaba lágrimas de amor contemplando sus límites y el brillo de las corrientes de agua, y durante mucho tiempo no podía apartar los ojos de aquel espectáculo”.
La pluma, que, sin duda, es la opción que en Hiperión suplanta a la muerte, realiza una escritura estetizante en sus cartas: cumple con el mismo designo de armonizar y de consolar al fracasado. Un gran ego, en verdad, que sigue viviendo para contar su vida bellamente. Sólo para contarla, y no para escuchar lo que otros tengan que decir al respecto. Cartas unilaterales que reproducen el mismo silencio tranquilo de la naturaleza, una enfermera sigilosa que protege la ficción del fracasado.
Para más adelante:
- El ideal del hombre planta y de la mujer flor. Una figura constante en Hiperión: flores que florecen y que se marchitan; primaveras que hacen explotar las flores y otoños que las apagan. Diotima como flor con ciclos, con cambios, que brilla y decae.
- Los vaivenes de la tranquilidad, la calma, la paz. El ideal de la planta ligado a su carácter calmo.
- La frase inicial de Adamás que recorre toda la novela: “Hay un dios en nosotros”.
Efectos y cuestiones impresentables que surgen al leer repetitivamente Hiperión:
1) Hiperión comienza a perder su destino casi trágico y se convierte en un ser fracasado, cobarde y un poco patético.
2) Diótima pasa de encarnar la belleza absoluta a ser la manifestación más pura de la ciclotimia.
3) La naturaleza, descripta como lo está, empieza a semejar un decorado desmontable.
4) Bizarre Love Triangle: Hiperión, Diótima y Alabanda. Digno del más completo XXX: hay para todos los gustos. Amor platónico, amor intelectual, homo amor y muerte por amor.
5 comentarios:
Qué gracioso este monólogo reflexivo. Parece cubrir, en sus interrogaciones, cada vez más crispadas, el trecho que separa a Hiperión de los personajes de Poe, esos escritores ridículos y desesperados que escriben a la sombra de la muerte, como al reparo de un árbol.
Es verdad: ¿por qué no se mata Hiperión? En esto parece el revés de Werther, o habría que decir, a riesgo hacer una ensalada de anacronismos, que Werther es el revés de Hiperión, pues Hölderlin eligió ubicar a su griego en la época de Werther, pero un poco antes, hacia 1770. De modo que al pasar por Alemania, ese lugar que tanto le repugnó al griego, la tragedia del joven suicida aún no había visto los ojos impresionables del público (el falso editor ideado por Goethe las dio a conocer en 1774). ¿Habrá tenido Werther acceso a las cartas que Hiperión escribió al alemán Belarmino? ¿Habrá Werther, en ese caso, reconocido en este griego un corazón afín, un enigmático avatar de Rousseau? ¿Habrá pensado lo que vos pensaste y habrá decidido montar el teatro de su muerte a partir de la grandiosa idea surgida de leer esas cartas sin respuesta, a saber: que llegado a ese punto de autoconciencia la única salida auténtica parece ser morir? (No olvidemos algo: que Hiperión quiso matarse. Tal vez, si a Werther le hubieran fallado las pistolas, habría reconsiderado su decisión..) Como sea, todo en Werther parece constituir una suerte de corrección realista de Hiperión. La ciclotimia de Diótima encarna en la perfecta histeria de Carlota y la melancolía del joven pierde todo fundamento histórico orientándose a un terreno más inasible, y también más cenagoso, el de las trampas de un deseo desencadenado, voraz, que es puro corazón (pero no corazón puro). Y el bizarre love triangle deviene el clásico del adulterio Werther-Carlota-Albert. Ahora, Werther conserva un rasgo notable de esta ficción de la escritura a la sombra refrescante de la muerte, sólo que es un rasgo interesado, revanchista, vil: se trata de la carta final, esa carta infinita, calculada para que la muerte funcione como un punzón en el corazón del vivo (en este caso, el de la viva, Carlota). Las estratagemas, las negociaciones, la teatralidad sin límite, otorgan a esta escena todo el poder del verdadero chantajismo fúnebre. Curiosamente, aquello que en Hiperión es consuelo (la integración de los otros a la naturaleza, la espera en la escritura) es en Werther desconsuelo (Lotte, ¿quién te curará esa herida?).
Muy graciosa la sección de pensamientos impresentables.
¡Muchas gracias por tus comentarios y reflexiones, Jerónimo!
Me gustan los pararelismos con Werther.
Por mi lado, quedaría ver de qué manera concreta este eremita es roussonianamente solitario. Quizá sea justamente su ginebrino influjo el que le impide decidir su muerte y elegir la escritura (una escritura epistolar, de género íntimo, similar en este punto, pienso, a las Confesiones y a las Ensoñaciones).
En el sentido de tus desvelos, el de cómo el griego es rusoniano, sí, sí, la vía parece ser la de leer las cartas como inflexión confesional, introspectiva, reflexiva, en el género epistolar. Como si Rousseau, viéndose a sí mismo después de su muerte, reescribiera Julie pensando en el negro aislamiento -antisocial, paranoico, hasta el punto de la erradicación de todo aquello que no es juicio, hasta la conversión del universo mismo en juicio, y juicio de sí, en sospecha de todo lo viviente- de su última prosa. Pero, y aquí se define la otra singularidad de este Rousseau griego, Hiperión no existe sino como producto de las bellas letras, y en ese sentido adquiere un valor estético y un valor pedagógico, en tanto lo estético es pedagógico, en términos de Schiller. La tercera vía, la de suspender la muerte en la escritura, al ser mitología de las ideas, parece ser una vía también educativa, formadora del espíritu y la ´cultura propia.
Cuento breve:
Mr. Firglebinkle me pidió que le cuide la casa hasta que regrese. Me dio un manojo de llaves y me advirtió: nunca utilices la llave dorada, nunca abras la puerta trasera. Cuando volvió, le devolví las llaves intactas.
"HEMPANTA": TODO ESTA CONECTADO CON TODO, Y HASTA EN LA MUERTE PODREMOS ESTAR JUNTOS DIOTIMA. -HOLDERLIN-
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