
“…es preciso afirmar que es falso que en el contrato social haya, por parte de los particulares, ninguna renuncia verdadera, pues su situación, por efecto de este contrato, es realmente preferible a la de antes y, en lugar de una enajenación, no han hecho más que un cambio ventajoso, pues han sustituido una manera de vivir incierta y precaria por otra mejor y más segura, la independencia natural por la libertad, el poder de perjudicar a los demás por su propia seguridad, y su fuerza, que otros podían sobrepasar, por un derecho que la unión social hace invencible.”
Rousseau, Jean Jacques: El contrato social, Barcelona, Altaya, p. 33.
Rousseau, Jean Jacques: El contrato social, Barcelona, Altaya, p. 33.
Pasaje y más allá la inundación
¿Sería esta la salida del estado de naturaleza de corte roussoniano? Es una pregunta que todos nos hacemos. Por mi parte, lo he estado meditando. El contrato social se implanta sobre el estado natural que ha devenido en estado de guerra: “Parto de considerar a los hombres llegados a un punto en el que los obstáculos que dañan a su conservación en el estado de naturaleza logran superar, mediante su resistencia, la fuerza que cada individuo puede emplear para mantenerse en ese estado. Desde ese momento tal estado originario no puede subsistir y el género humano perecería si no cambiase de manera de ser” (El contrato social). Aquí, creo, Rousseau es, quizá por comodidad expositiva, impreciso. Si retomamos lo que ya había enunciado en el Segundo Discurso, recordaremos que el estado de guerra se da, no en el estado de naturaleza, sino una vez que el hombre ha cruzado las barreras naturales, hacia lo social. La salida de la naturaleza se da a través de mecanismos anteriores y más sutiles que el conflicto explícito. El lenguaje y el amor primero, junto con la propiedad privada, luego, son los hitos que marcan la diferencia entre estado natural y estado social. Empujado por la facultad de perfectibilidad (“el origen de todos los males”), el hombre se va alejando lenta pero irrevocablemente de la naturaleza y sumergiéndose cada vez más en su desgracia futura. La guerra es la expresión más extrema del abandono del estado de naturaleza; la guerra es ya social y constituye, por otra parte, el mundo en que vivimos, puesto que la opción (la utopía) del contrato social no se ha realizado. La pregunta por el modo de salida roussoniano de la naturaleza se reinstala para mí. ¿Qué otra forma, diferente a la del lenguaje y la del amor (amor y lenguaje que dan cuerpo a una primera comunidad), pudo haber producido el primer salto? Puede parecer una pregunta sin sentido, pero apunta a zonas que en la teoría roussoniana pueden considerarse como instancias irreversibles. El momento exacto de la salida de la naturaleza, el momento del lenguaje y de los lazos, ¿pudo haberse dado de otra manera, de una manera que no cargara consigo el mal futuro? Parece que el origen en el mal es inevitable. Es por eso que quizá pueda decirse que la teoría de Rousseau (como cualquier teoría que asuma la premisa de un origen infame inevitable) es curativa: no propone una forma alternativa de empezar la humanidad (sería irrelevante e inútil algo semejante), sino que funda una resignación reformadora. El mal se acepta como dado en el mundo. El problema pasa a ser, no ya la existencia del mal en sí, sino el uso positivo que se puede hacer de él. ¿Cómo salvar al mal de sí mismo? La solución del mal, en el mal. Empecé con una pregunta en apariencia rebuscada y terminé con la conocida sentencia del remedio del mal en el mal. ¿Para esto escribe usted un blog sobre Rousseau, señorita?
5 comentarios:
ahora si! está lindo el blog! te mando un beso Y. B.!
A.
me encanta el título!
besos
Ja, ja, ja. Cuántas veces nos pasa eso. Trazamos una trayectoria finísima, mejor ensamblada imposible, y al final nos descubrimos con la sensación de que hemos llegado a un sitio conocido de antes. Saludos.
aquí te quedaste, y.b.? hasta aquí ha llegado el querido blog?
Estoy intentando. Ayer agregué una cosita más. Pero me cuelgo, es verdad. Beso.
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