
“Todo es perfecto al salir de manos del hacedor de todas las cosas; todo degenera entre las manos del hombre. Él fuerza a una tierra a nutrir las producciones de otra, a un árbol a llevar los frutos de otro; mezcla y confunde los climas, los elementos, las estaciones; él mutila a su perro, a su caballo, a su esclavo; él lo trastorna todo, lo desfigura todo, ama la deformidad, los monstruos; él no quiere nada tal y como lo ha hecho la naturaleza, incluso el hombre; él precisa ordenarlo por sí, como caballo en picadero; él precisa contornearlo a su modo, como un árbol de su jardín.”
Rousseau, Jean Jacques: Emilio, Madrid, Edaf, 1972, p 23.
El dulce nacimiento del monstruo
La fiesta del monstruo se arma cuando un hombre se sale de sus límites. Ocurre como puede ocurrir en un festejo cualquiera: alguien se sale se sí, de repente, y al otro día tiene los ojos rodeados de negro y la integridad más o menos lastimada. Así también ocurre la fiesta del monstruo. El hombre natural roussoniano decide un día ir más allá de lo que conoce de sí mismo y de los otros. Rápidamente, la idea prende entre sus semejantes y la nutrición alrededor del fuego se transforma en una noche de sexo, drogas y rock and roll. Durante esa noche primera, muchas cosas ocurrieron, que nunca antes habían tenido lugar.
Cuando todavía quedaba un poco de sol en el cielo, dos hombres cuyos caminos se cruzaron vieron dos gigantes. El hombre gigante y el gigante hombre se señalaron con miedo hasta que se vieron reflejados, juntos, en el lago del valle. La lengua se les despegó del paladar y se saludaron.
La chica que solía dormir al norte de la laguna se enamoró del hijo menor del grupo vecino. Antes, ambos solían participar en orgías sin nombres, sin caras y sin miradas. Ahora se estaban yendo solos a esconderse tras un árbol. Juntos, sintieron algo nuevo. La novedad fue que intimaron.
Dos horas más tarde, una progenitora le sugirió a su primogénito que se quedara a comer con ella y con su padre. Él ya hacía tiempo que podía abastecerse de alimentos por su cuenta, pero decidió quedarse de todos modos. Dispuso todo lo necesario en el rincón más cálido y le acarició el pelo a su hermano menor. Se juntaban para festejar la primera vivienda. Esperaron todos juntos unos minutos. Las semillas prendieron rápido y esa noche hubo granos en la mesa.
En apariencia, nada parecía haber cambiado; o, inclusive, todo parecía iluminado por un nuevo orden de ternura. Pero cuando se despertaron la mañana siguiente tenían que labrar la tierra por segunda vez: el señor pasaría a la tarde a recoger su parte.
Rousseau, Jean Jacques: Emilio, Madrid, Edaf, 1972, p 23.
El dulce nacimiento del monstruo
La fiesta del monstruo se arma cuando un hombre se sale de sus límites. Ocurre como puede ocurrir en un festejo cualquiera: alguien se sale se sí, de repente, y al otro día tiene los ojos rodeados de negro y la integridad más o menos lastimada. Así también ocurre la fiesta del monstruo. El hombre natural roussoniano decide un día ir más allá de lo que conoce de sí mismo y de los otros. Rápidamente, la idea prende entre sus semejantes y la nutrición alrededor del fuego se transforma en una noche de sexo, drogas y rock and roll. Durante esa noche primera, muchas cosas ocurrieron, que nunca antes habían tenido lugar.
Cuando todavía quedaba un poco de sol en el cielo, dos hombres cuyos caminos se cruzaron vieron dos gigantes. El hombre gigante y el gigante hombre se señalaron con miedo hasta que se vieron reflejados, juntos, en el lago del valle. La lengua se les despegó del paladar y se saludaron.
La chica que solía dormir al norte de la laguna se enamoró del hijo menor del grupo vecino. Antes, ambos solían participar en orgías sin nombres, sin caras y sin miradas. Ahora se estaban yendo solos a esconderse tras un árbol. Juntos, sintieron algo nuevo. La novedad fue que intimaron.
Dos horas más tarde, una progenitora le sugirió a su primogénito que se quedara a comer con ella y con su padre. Él ya hacía tiempo que podía abastecerse de alimentos por su cuenta, pero decidió quedarse de todos modos. Dispuso todo lo necesario en el rincón más cálido y le acarició el pelo a su hermano menor. Se juntaban para festejar la primera vivienda. Esperaron todos juntos unos minutos. Las semillas prendieron rápido y esa noche hubo granos en la mesa.
En apariencia, nada parecía haber cambiado; o, inclusive, todo parecía iluminado por un nuevo orden de ternura. Pero cuando se despertaron la mañana siguiente tenían que labrar la tierra por segunda vez: el señor pasaría a la tarde a recoger su parte.
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